miércoles, 4 de septiembre de 2013

Quisiera ser un pez

Tres segundos, nada más. Ese es el tiempo que tardan en olvidar.

Sentada en el naranja sofá del salón de mamá contemplo como los peces la adoran y cada vez que se acercan se pegan al cristal. Y digo pegan, porque literalmente golpean el cristal, y cuando se dan cuenta de que no pueden salir, se les ha olvidado ya y vuelven a intentarlo. ¡Qué manera más simple y divertida de pasar los días!

Aveces, decido que es hora de que coman, y si a los 30 segundos vuelves a dejar caer el bote en el acuario, ten por seguro que comen de nuevo, como si lo anterior no hubiera pasado. Menos mal que no soy yo la que los cuido, porque si fuera así seguro que se acordaban de cómo les hago de rabiar... Están tan bien alimentados y cuidados que cada vez que paso por aquí la familia ha aumentado en número.

Es normal, si un pez solo puede recordar una cosa, se acuerdan de mamá, que todas las mañanas les pone comida y que les limpia el cristal, ese contra el que pasan la vida golpeándose.

Su memoria, ese rasgo tan característico que es cultural general. "Memoria de pez", cuando te dicen que la tienes no te hace gracia, pero si paras un momento a pensar en lo que supondría... ¿porqué no?