Hoy, por primera vez este año, vuelvo a mi Tierra, a Valencia. Sé que no es mi lugar de origen, pero lo considero desde hace mucho tiempo. Aunque nací en Madrid, hasta hace unos meses recordaba esta ciudad por estar escrita en la parte trasera de mi DNI. Mis raíces crecieron tras una mascota muy peculiar, un pollito que se hizo una oca enorme, en un pequeño pueblo de Tarragona, El Vendrell. Tras mis primeros cuatro años de vida allí, mi familia hizo las maletas para poner rumbo a lo que considero mis orígenes, a las orillas del río Turia, a Ribarroja, donde he crecido y pasado los últimos 20 años de mi vida.

En Ribarroja he aprendido todo lo que hasta hace seis meses sabía, he pasado los mejores y los peores momentos de mi vida, he conocido a gente increíble, y he formado la persona que soy. Poco a poco he conseguido sentirme una “ribarrojera” más, aunque para ellos siempre seremos los “madrileños” o los “forasteros”.
Pero a pesar de tantos años vividos allí, la mentalidad de ese habitante no era la mía. Jugar a no salir del pueblo, como si una muralla te impidiera progresar, como si estuvieras condenada a vivir y morir entre esas barreras ficticias, no tener amigos fuera del término municipal, en un pueblo que se comunica con Valencia mediante un autobús que pasa cuando le viene en gana... no es mi sueño en esta vida. De todo esto me di cuenta cuando tenía ya 18 años, empecé a ir a la universidad a Valencia, a “ver más allá”, y sentí que Ribarroja se me quedaba pequeña. Sobrepasaba las fronteras dándome cuenta que mi gran sueño era el bullicio, la gente por la calle a cualquier hora del día, bares, música, y un sinfín de cosas que hacer.
Mi ganas de salir aumentaban a medida que pasaba el tiempo, pero no tenía el valor que se necesita para dar el paso. Aunque los motivos eran cada vez más, había algo que me impedía dar el paso final. Tenía un trabajo, una carrera a medias y un millón de personas que no quería dejar. Entre esa gente, no puedo olvidar a los más importantes, a mi familia, a mi madre, que cada día que hablo con ella tengo más ganas de verla (y eso que vino a verme la semana pasada sorprendentemente), a mis hermanos, aunque siempre estemos discutiendo, tengo muchas ganas de verlos, a mis sobrinos, de los cuales me estoy perdiendo los mejores momentos, y me da mucha rabia cuando me cuentan por teléfono todas las trastadas que hacen y no puedo ver. Pero también a mis amigas, las que han conseguido que sea la persona que soy, y que espero que vengan a verme pronto aquí. A mis compis de la carrera, a mis excompañeros de trabajo, a la gente de “la Falla”. Hecho de menos a todos ellos, y no pasa un día que no me acuerde de todos. Pero su recuerdo sigue y seguirá conmigo siempre. Pero por otro lado, un lazo muy fuerte me unía a venirme aquí, el amor volcaba la balanza de las decisiones, aunque no fuera la que más pesaba.
Pero salir del cascarón, y teniendo una cierta edad... ha tenido sus grandes consecuencias en mi vida. Todavía recuerdo, como si fuera ayer, el primer día de mi nueva vida-carrera. Llegué a un enorme salón de actos en el que no conocía a nadie y me daba miedo sentirme la madre de todos. Pronto apareció Alejandra, con esa simpatía que le caracteriza, para hacerme sentir una más. Y tras ella, han ido creciendo las grandes personas a mi lado. Cada día desde hace seis meses he descubierto algo nuevo y bueno de las personas que me rodean ahora. Son todas increíbles, y me siento orgullosa de haber dado ese paso para cambiar mi vida. Entre todos, han conseguido que las diferencias de edad no se aprecien y que junto a ellos sea muy feliz. Podría nombrar a grandes personas que he conocido, que en poco tiempo se han hecho un hueco enorme dentro de mi corazón, pero no hace falta, yo sé que ellos saben quienes son...

Por ello, ahora vuelvo a Valencia pero debo meter en la maleta recuerdos de aquí, de Madrid. Solo me voy dos días, pero cada vez se me hace más difícil volver, porque aquí me lo paso realmente bien. Gracias a todos aquellos que consiguen que mi sonrisa no se elimine de mi rostro, que hacen que ir a clase no sea un “coñazo” y que me apetezca siempre estar con ellos, porque sé que su compañía alegra cada segundo de mi vida.
Pero no todo puede ser bueno, y sé que he pasado también algún que otro momento malo. Y todos aquellos a los que considero grandes amigos han estado ahí, he tenido un abrazo aunque no supieran que me pasara, un cariño especial, y debo dar las gracias por todo ello. No sabía si al cambiar de vida había cometido un error, después de seis meses tengo muy claro que no.
OS QUIERO
Sara